Bueno, esta vez me atrevo yo (Beatriz) con la crónica del viaje a Dublín, a ver qué tal sale. De todas formas, como se me olvidarán algunas cosas (cuatro días dan para mucho y tampoco quiero aburrir), pues que todo el mundo se sienta libre de añadir lo que le plazca.
Allá voy!
Día 1: Martes.
Aeropuerto: ¡Qué nervios! Por fin estábamos en el aeropuerto. Unos antes (los que siempre necesitamos algo más de espacio y teníamos que facturar) y otros después. Yo casi que no me creía que por fin nos fuésemos de vacaciones. Esto… ¿y Japi? Nos falta Japi ¿no?. Y Japi tomándose un café en la zona de embarque… y nosotros esperándolo en la zona de control. ¡Empezamos bien! Como toda la organización del viaje fuese así, íbamos apañaos. Vuelo sin incidencias, todos agrupados (¡y esta vez no nos faltaba nadie, incluido Manolo!) … ¡que ya casi estamos!
Llegada a Dublín: ¡Flipad, estaba nevando! Bueno vale, era aguanieve… ¡pero caían copos! En el autobús del aeropuerto a uno que otro casi le da un síncope al comprobar que había wifi en el bus (¿o no, Jesús?
). Estos irlandeses, lo bien que se lo montan.
El hotel estaba muy bien situado, y tenía buena pinta. Y la habitaciones estaban realmente bien. Tras soltar las maletas, nos fuimos a un pub (dónde si no) a comer… o merendar… o cenar típica comida irlandesa: estofados, hamburguesas … y capuchinos del tamaño de un bol de cereales. Por cierto, algo que nos ha llamado la atención a la mayoría (si no a todos) es lo bien decorados y cuidados que están los pubs. Cuidan el detalle y son realmente confortables.
Y como ese día hacía realmente frío y llovía, pues nos limitamos a dar un corto paseo… y a entrar de lleno en la cultura local: la cata de cerveza. Que sí a mí no me gusta demasiado (pero me bebo la pinta antes que nadie), que si aquí la ponen más fría, que si prefiero la roja, que si a mi media de rubia por favor que la negra no me va… Y hay hasta quien se atrevió con un ‘hot whisky’ para curarse del frío (aunque no tuvo mucho éxito).
Y bueno así, ubicándonos, pasamos el primer día. Buen rollito.
Día 2: Miércoles.
El día empieza bien. Estamos todos deseando visitar la fábrica de Guiness, pero antes toca desayunar y hacer algo de tiempo para pillar la hora del aperitivo en la fábrica, que nos han dicho que te invitan a una pinta, jeje.
Tras un desayuno rico rico en el café de Gertrudis (una advertencia: los croissants calentitos se deshacen al abrirlos y al final te los tienes que comer como buenamente puedas; esta advertencia parece una chorrada, pero seguro que un día os acordáis de ella… juas juas juas), nos vamos a ver el Castillo de Dublín.
Mientras hacemos tiempo para la visita guiada, nos acercamos a ver la Catedral de la Santísima Trinidad (o Iglesia de Cristo), la más antigua de Dublín y que fue creada por un rey vikingo (Sigtrygg Silkbeard). Y después nos pasamos por la de San Patricio, la otra catedral medieval más antigua de a ciudad, y la consagrada al patrón de Irlanda.
De vuelta al castillo de Dublin casi nos perdemos (bueno vale, nos perdimos un poquito) y nos faltó muy poco para no llegar a tiempo a la visita guiada. No contaré los detalles del castillo porque para eso ya tenéis la wikipedia, pero os diré que es bonito y que, al menos a mí, no me dio mucha impresión de ser un castillo. Quizás porque se utiliza para ceremonias y funciones de estado. Lo que si me gustó bastante fueron los restos de la antigua torre, sobre el foso (o lo que queda de él). Es poca cosa, pero te da una leve idea de cómo debió ser todo en otros tiempos.
Y de allí… ¡a la fábrica de Guiness! El Dublín que conocemos de camino es algo distinto: menos céntrico y con más imagen de barrio. Me encanta conocer los barrios de las ciudades, porque te muestran un poquito más el día a día de la ciudad.
La visita a la fábrica es toda una experiencia. Creo que está muy bien organizada, con salas donde te explican todo el proceso de forma sencilla. Además, como puedes solicitar una audioguía, pues de lujo. Primero te muestran los ingredientes, seguido por el proceso de elaboración (tostado, fermentación, etc), el proceso de tonelaje, y el de transporte. Después te enseñan a saborear realmente una Guiness a través de los cinco sentidos, y tras mostrarte las distintas campañas publicitarias, te invitan a aprender a ‘tirarla’ o a saborear una en el Gravity Bar (un bar panorámico el lo alto de la fábrica, al final de la visita, con unas vistas preciosas de la ciudad). En definitiva, no hay que perdérselo.
Después de comer en otro típico pub, y meternos entre pecho y espalda ‘a journey of potatoes’ (o como decimos aquí, un viaje de papas, ¿verdad Miguelón?
), seguimos disfrutando de la ciudad. Visitamos un centro comercial (¡cómo no!), un parque (St. Stephen’s Green, en pleno centro de Dublín), y la estatua de Oscar Wilde en el Parque Merrion.
Y algo más tarde, para reponernos de la caminata del día, nos tomamos una pinta en un sitio espectacular: The Church, una antigua iglesia desacralizada (¿o cómo se decía, Isabel?
) convertida en restaurante y, los fines de semana, en discoteca. Impresionante tomarse una cerveza mirando al órgano del coro, o a las vidrieras, o ir a los aseos pasando por los entresijos de la iglesia. Muy recomendable.
Y después no hay nada mejor para rematar el día que asistir a un concierto de música tradicional irlandesa en el mismísimo Temple Bar. ¡Qué pasada! ¡Qué habilidad pulmonar y cómo tocaba ese hombre la flauta! (¿verdad, Gema?
) Lo dicho, un buen final del día: amigos, cervezas, y buena música en directo.
Día 3: Jueves.
Este día madrugamos un poquito más y nos dirigimos en tren hacia Malahide, a ver su famoso castillo con su famoso fantasma de la Dama de Blanco. Una vez llegamos a Malahide tuvimos que atravesar un parque inmenso (y precioso… y frío, y si no que se lo digan a Marian, alias “Dios-mío-han-matado-a-Kenny”
) para llegar al castillo que, bueno, visto desde fuera, pues tampoco parecía gran cosa, la verdad.
Y aquí paro de contar
De este día no diré mucho más, porque creo que le corresponde a otra persona hacer la crónica. Pero sí diré que está claro que a veces no necesitas estar en el mejor entorno ni en las mejores circunstancias para disfrutar de tus amigos, y que incluso en momentos de adversidad siempre hay hueco para unas risas (ahora es cuando sacáis los pañuelos de papel y os secáis disimuladamente las lágrimas).
Día 4: Viernes.
Estamos agotados, pero seguimos teniendo muchas ganas de continuar visitando sitios. Algunos osados se atreven con un típico desayuno irlandés: tostadas, huevo, morcilla… Llevaban con antojo desde el primer día y de hoy ya no podía pasar (¿a que sí, Juanlu?). El resto nos conformamos con un desayuno algo más ligerito pero igual de sabroso.
Antes que nada, decir que el viernes santo (Good Friday) está totalmente prohibido servir alcohol en ningún establecimiento (por tanto, nada de cerveza hoy). Menudo chasco nos llevamos…
Con nuestro gozo en un pozo, algunos deciden ir de compras, y el resto (la mayoría) nos vamos a visitar la biblioteca del Trinity College, que aunque ya pasamos por allí el primer día no pudimos entrar porque estaba cerrada ya. Por cierto… sigue lloviendo en Dublín
Antes de subir a la biblioteca pasamos por la exposición del libro de Kells, que recoge los cuatro Evangelios escritos en latín por unos monjes celtas. Aparte de la antigüedad del libro (se escribió hacia el año 800), lo que impresiona es la belleza de la escritura y las ilustraciones y miniaturas. La exposición está muy bien, porque te detalla no sólo la historia del libro sino que explica su elaboración. Lo dicho, una auténtica belleza. Una joya.
Y llegamos a la biblioteca. He de decir que yo me emocioné mucho. Antes que fijarme en lo impresionante que es, lo primero que llamó mi atención fue el olor. Un olor a libros antiguos, a papel y a madera. A historia.
Y luego, lo espectacular de la sala. Alargada y repleta de estanterías antiguas a ambos lados de la sala, hasta el techo, con sus correspondientes escaleras en cada sección y con vitrinas en el centro mostrando algunas de las reliquias de la biblioteca. También hay bancos para que puedas sentarte y disfrutar de la visión de esos estantes, de los libros, de los numerosos bustos de personajes ilustres colocados en cada sección. Podría pasar perfectamente una semana entera revisando algunos de esos libros (imposible todos), escudriñando en las estanterías… si fuera posible, claro.
Se me olvidaba: no conseguimos entender el sistema de indexación u organización de los estantes, por lo que si alguien lo sabe y nos lo quiere contar se lo agradeceremos invitándole a una pinta. De Guiness, por supuesto.
Y seguimos paseando. Vimos la Custom House, un edificio imponente a orillas del río (que por cierto, no lo he dicho pero es el Liffey) y buscamos un sitio para comer, que como era día festivo nos costó bastante encontrar alguno abierto a ‘hora española’.
Y comiendo se nos ocurrió que, dado que había dejado de llover (¡gracias San Patricio!) era muy buena ocasión para visitar Howth (un pueblecito pesquero cercano a Dublín). Así que volvimos a coger un tren y allá que nos fuimos la mayoría.
Howth es una monada. Tiene un par de faros (aunque solo vimos uno) y un puerto bonito. Y justo al lado está la isla de Ireland’s Eye (El Ojo de Irlanda), donde pueden observarse una gran variedad de aves. Aquí pasamos un buen rato tomando algo de sol (y muchas fotos) y viendo el atardecer sobre el puerto. Encontramos un sitio perfecto para merendar y ver la puesta de sol, un bar llamado Big Burguer Bar. Muy acogedor, con chimenea y bonitas vistas, y con gente simpática. Por cierto, mi apreciación sobre los irlandeses es que son gente muy simpática y amable, diligentes, y dispuestos siempre a ayudarte (salvo excepciones, claro). Me gustan.
El bar nos gustó tanto que más tarde decidimos volver para cenar, ante el asombro de la camarera
Antes, dimos un paseo por una parte del pueblo. Estábamos buscando un castillo, pero como no teníamos muy claro la distancia y ya había atardecido, decidimos dejar la aventura para otro viaje. En su lugar, entramos en la iglesia de St. Mary, y descubrimos maravillados que estaba a punto de representarse el via crucis o pasión de Cristo. ¡Qué experiencia! La representación estaba acompañada de la música de un piano y del canto de, al menos, un par de voces femeninas. El silencio en la iglesia era espectacular. Yo no dejaba de pensar la suerte que habíamos tenido de ver representarse la Pasión en una iglesia católica de un típico pueblo pesquero irlandés. Una bonita forma de casi acabar un viaje.
Y vuelta a Dublín.
Día 5: Sábado.
Llegó el día de la vuelta. Como somos masoquistas (eso, y que no había otra opción) nuestro vuelo salía a las 7:45 de la mañana, por lo que tuvimos que levantarnos a las 5:00 para terminar de recoger, hacer el check out, y llegar a tiempo para facturar un par de maletas.
Nota: no sé si será característica de todos los irlandeses, ¡pero menudo buen despertar tienen algunos! El taxista que me tocó a mí era dicharachero, se reía con facilidad e incluso se atrevió con algunas palabras en español. Ya quisiera levantarme yo así más de un día…
Y ya estábamos de vuelta en el avión. Creo que ninguno queríamos volver realmente, y si hubiéramos podido habríamos cogido otro avión nada más llegar al aeropuerto de Sevilla. Pero qué se le va a hacer… aparte de ir planeando el próximo viaje, ¿no?














































































































































































































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